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02 junio, 2011

Un cuento: Para darle gusto a la lengua



IV


Recuerdo una broma en un programa radial en el cual la pregunta fue: "Cuéntenos, ¿tiene usted vecinos chismosos?"

Todo un éxito. Llamada tras llamada, los participantes ponían en evidencia a sus prójimos, y de la misma manera, y fue lo que más me encantó: ¡Ellos mismos eran culpables de las acciones que delataban, pero claro, el otro es el chismoso!

En fin, cada vez que intento escribir un nuevo capítulo, me siento así. Como una vieja de patio, ¿cómo decir que no ando en chismes cuando no pierdo detalle en cada relato? En fin, había alguien que había hecho de esto un arte, mejor dicho, un negocio. No que ganara dinero por chismear, pero esa "sodita" era un gran partido. Se ganaba su dinero vendiendo sus ravioles, tacos y demás frituras, a la vez que ese gran mostrador le permitía estar observando lo que pasaba en la alameda con gran claridad y con un buen pretexto, pues tenía que atender a las personas y mientras el calor y la grasa hacían su parte, ella hacía la suya, indagando, fomentando las relaciones como parte del servicio al cliente.

Se hizo muy evidente que la intención de la soda era más que el aumento del colesterol, y la verdad, las tortillitas no le quedaban muy bien. Finalmente pagó el precio por no satisfacer con sus productos y no queda ni el recuerdo de ese negocio, como muchos otros que han desaparecido, pero opciones siempre hay para darle un gusto al paladar, tanto con lo que entra, como con lo que sale de nuestra boca.

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21 abril, 2011

Un cuento: El mirador

III


Claro, la razón para que alguien como el orador tuviera ese temporal negocito se debió a que la pulpe que estaba a la par tuviera sus procesos de "reestructuración". Desconozco si antes de mi llegada el local estaba en un segundo piso, pero el nombre es irónico, porque más bien parecía eran los demás quienes tenían que ver con la vida del dueño. Casualmente su familia y la del orador eran parientes.

¿Fue infidelidad, era él "de ambiente"? Y otros tantos rumores.

Lo que es más, con el evidente fracaso de la competencia, la pulpe pasó a otras manos muy familiares, y es la reconocida "pulpe del chino" que hay en cada comunidad. Aunque al principio no fue así, ahora ya no se puede entrar, con costo mirar. De hecho, sólo comprar; uno dice qué quiere y da el dinero. Fin de la transacción, fin de la conversación, fin del mirador.

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07 abril, 2011

Un cuento: El orador

II


-¡Es ese! (decía mi mamá señalando la pantalla de la televisión)
-¿Quién es?
-Es el esposo de Zutanita, ella me contó el otro día que él salía en este programa cada semana

El susodicho estaba orando en un canal de corte evangélico (en teoría, o al menos si se le compara con Enlace TV). Y así me enteré de ellos. Tuve la oportunidad de conocerles más cercanamente cuando ocuparon que diera unas clases de matemática a su hija. Lo que me llamaba la atención es que para esa fecha ya había pasado tiempo que él había dejado de aparecer en ese programa. De hecho, no creo que se congregaran en algún lugar dado que me preguntó si donde yo iba había clases para sus hijos. Era notorio que había habido un estancamiento, tal como su carro que ya tenía meses que lo tenía varado. Es más, hasta la fecha no sé a qué se dedicaba antes de atender la mini-pulpería que montaron en la casa, aprovechando que El Balcón tenía cambio de dueño. Pero el negocio daba la misma pinta que el carro, que él mismo y en especial cuando daban ganas de regalarle una Gillete Mach 3. Un hombre sin autoridad, sin voluntad.

El pensamiento era casi inevitable: ¿Cuánto tiempo más estará la esposa con él? Ella se mantenía estable en su trabajo y siempre atenta a su presentación personal y conforme se oxidaba el auto estando a la intemperie, la pulpe se iba de pique y él más acabado. ¿Quién pensaría que era el mismo que oraba por las mañanas por las peticiones y necesidades de otras personas?

A ella se la ve ocasionalmente, ya sea saliendo o regresando del trabajo. La hija en esa edad adolescente rebelde, coqueteando. Y él, al igual que el pequeñín, ni rastro, desaparecieron de este lugar como el carro oxidado. Un hogar partido, como la elegante ventana polarizada que los niños del barrio dañaron con la bola.


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31 marzo, 2011

Un cuento: La familia feliz

I


Tenían todo para ser la familia ideal. Eso le parecía a todos. Una pareja joven, con sus niños estudiando donde la mayoría no podía.

En este lugar que se supone todos con la misma extensión de terreno para habitar, el de ellos más grande. Podían pagar la diferencia además. Pues claro, ¿cómo una familia feliz sin los medios económicos?

Sin duda la casa más bonita en la alameda. Bonita y diferente porque no dependían de que alguien más la construyera por ellos. Pero para qué seguir hablando de lo material, del carro. Bueno, los carros, pero no necesariamente eran los del esposo esos autos que llegaban en las madrugadas. Claro, no era por andar en rumores, era la seguridad del barrio y era sospechoso que un carro estuviera estacionado tantas horas.

Las sospechas se confirmaban. Pronto era ella y los niños y ocasionalmente (otro) él.

Ese mismo portón elegante ocultaba lo que pasara, uno veía a los niños jugar ocasionalmente y a ella salir al trabajo, mucho quedaba en el misterio. La extraña ausencia de la niñera aclaró parte de esas sombras. Al verla un día, la conversación surgió: "Por buena madre" dijo ella, en ese tono irónico que bien sabemos hacer. "Ay, es que si a mi me quitaran mis hijos... me sentiría como un perro" dijo mi padre.

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24 marzo, 2011

Un cuento: Prólogo

Prólogo


"Yo me sentiría como un perro"

Esas fueron las palabras de mi papá, las cuales en última instancia, me hicieron caer en cuenta de lo que estaba ocurriendo en este lugar. Porque de una u otra manera, la situación de esa vecina no era exclusiva. Bastó que mentalmente repasara cada hogar, bueno, casa por casa y notar el patrón: ya no eran lo que solían ser al momento que los conocí. Podríamos hablar de degradación, de un constante declive, degeneración, destrucción. ¿Drámatico, exagerado? No lo sé, quizá entre ellos mismos, la perspectiva del uno con respecto a la del otro es que al menos no están como fulano o que están mejor que todos esos zutanos.

Cegados a sí mismos o resignados tal vez, pero incluso para alguien que no se involucra en las situaciones ajenas, era evidente. No tenía que ir a buscar el chisme, este está servido en bandeja, por que es más, al igual que ellos, por qué pensar que también escaparía a lo que sucede. No sé si habrá final feliz, es más si habrá final, pero mientras colecciono escenarios, la respuesta es la misma: este lugar está consumiendo a sus habitantes.

Continuará...